Javier Acosta
Mi pueblo tiene el mismo nombre que este libro, Estancia de Ánimas, un pueblo fantasmal del semidesierto zacatecano. El libro de Armando Salgado es una estancia y una visitación de ánimas, de aquellas ánimas con las que el poeta ha establecido un diálogo; no de ultratumba sino un diálogo vivo, una apertura a las voces y a la escritura de una serie de presencias esenciales, poéticas o biográficas. El libro es un vocerío, una especie de congregación y tertulia, de comparecencia en la voz que les presta Armando Salgado. De Verlaine y Rimbaud, también de Mallarmé o Alfonsina Storni; poetas y voces signados por una atracción al vacío o mejor dicho, al abismo. Atracción a la palabra radical, vital: a la existencia extrapolada –es que hay una sentencia rotunda e iluminatoria de Alain Bosquet: “por la prosa me explico, por la poesía me extrapolo”.
He aquí la disyunción y la síntesis. La poesía es importante. No siempre es importante. Sólo es importante cuando se convierte en extrapolación. En llevar a su límite, o más allá de su límite, las previsiones de la vida. Extrapolar es sacar de contexto. Sacar de contexto es desautomatizar y re-crear la existencia. Extrapolarla existencia siempre es una actividad poética. En este sentido, la poesía es importante; aunque no siempre es importante. Sólo así es importante, cuando por llevar nuestra existencia a otro contexto, la poesía es capaz de resignificarnos, dotarnos de un alma –o de una legión de ellas.
El experimento es sórdido y expansivo. Estancia de ánimas provoca un convivio de almas; ahora corresponde llamarlas demonios, daimones. Esos demonios que habitan a los precursores del poeta. Se trata, como defiende Harold Bloom, de uno de los procedimientos por los que un poeta se apropia de las potencias creativas de sus antecesores: la demonización. En este caso es una especie de invocación, de convocatoria a los precursores: a su murmullo y su silencio. Voces que pertenecen a tiempos y espacios asimétricos, distantes. He ahí un contemporáneo como Antonio Gamoneda, que decide dejar de escribir y se dirige así a Arthur Rimbaud: “A todo esto, querido Arthur, cuando dejemos de escribir y creamos que la mierda pesa más que las palabras:/ ampútanos el mar de los ojos/ y con nuestros restos limpia el culo de las flores.” Dictamen sobre ese presente en que la mierda pesa más que las palabras, es decir, la poesía. Irónicamente, la poesía –mejor dicho, los poetas– se lo han buscado. Irónicamente, la poesía sólo vale más que la mierda cuando se embarra de ella, como quería otro escritor maldito, uno del siglo XX, como Antonin Artaud. Sólo me interesa la poesía embarrada de mierda. Estamos de acuerdo: la poesía que sólo es literatura es algo menos que poesía. Algo así leemos en la página 58: “Al decir lo anterior muchos asentirán con la cabeza,/ sentirán lástima y creerán que soy otro personaje/ de Borges, ignoran que un muerto es peor que mierda/ en boca, leñando asma, exprimiendo pulmones y respiros/ que empalados colisionan cráneos y cicatrices/ (pájaros, postas, aire).”

Vuelvo a Armando Salgado, joven y curtido poeta, ya con prestigiosas distinciones en su haber, como el Premio Nacional de Poesía Salvador Gallardo Dávalos, que obtuvo con su Azogue suite, o esta legionaria Estancia de ánimas, con la que obtuvo el Premio Nacional de Poesía Joven Francisco Cervantes Vidal 2013. En ambos libros, como ya se anunciaba en su anterior Corvus suvroc (Mantis, 2012), Salgado está dispuesto a prestar su voz a las voces, siguiendo su vocación de médium o de revividor de almas o demonios. Arriesgado mecanismo por el que un poeta revive e interpela a sus influencias, gracias a ello la influencia se vuelve creativa, como todas las influencias cabales que operan en la literatura. Varios poemas en el libro podrían atestiguar a mi favor. Ahora va un ejemplo:”Es que somos los mismos imbéciles/[…] tratando de imitar a/ Francois Coppé/ Victor Hugo/ Baudelaire/ Verlaine/ en esta dura superficie/ haciendo fisuras para extraer la mano/ al decir y gritar/ como parnasianos del nuevo mundo/ jóvenes que genios malos preferimos escupir sobre/ nosotros/ plagiando maldiciendo creyéndonos únicos/ embarrándonos con mierda –capital cultural–/ […] podremos aspirar a cierta beca irrisoria/ a ciertos premios/ al orgullo/ y a esta nueva soledad tan vieja.” Salgado tiene vocación de médium, pero por fortuna, es un médium autoirónico –y es que la ironía es la única manera viable de convivir con esa pesada sombra de los grandes poetas que nos precedieron: Verlaine, Rimbaud y el voluble etcétera que habita en cada poeta con aspiraciones serias, radicales.
