Gustavo Ogarrio
La poesía de Armando Salgado (Uruapan, 1985) ha peleado su derecho de palabra y de vida con una furia artística que reelabora los símbolos actuales de la deshumanización que vive tanto el país como Michoacán. Su punto de partida es la ciudad natal, Uruapan, que se multiplica en cicatrices y armaduras de metáforas; pero también la región y el país natales: desde ahí se abre en círculos concéntricos para apropiarse de toda la memoria y el dolor desde el cual se ve “el borde del precipicio”. Su libro Cofre de pájaro muerto es la culminación de un primer arco poético integrado por un breve pero vertiginoso pasado de, al menos, cinco libros de concentrada juventud. Armando Salgado ha obtenido con este libro el Premio Joaquín Xirau Icaza 2015 de poesía que convoca El Colegio de México.
Cofre de pájaro muerto es por momentos un féretro de maderas resquebrajadas, o un ave sin vida que vuela en busca de un árbol enraizado en la memoria de un bosque que ya sólo existe en las conversaciones de los padres y de los abuelos; “un sótano repleto de difuntos” desde el cual se nombra la experiencia propia como “relámpago tirado” que yace en una fuente.
Llama la atención las temerarias asociaciones a las que convoca la poesía de Salgado: “los pájaros son piedra en el riñón y el canto es la orina que muerde nuestro aire”. Como si esta poesía le diera respiración de boca a boca a cierto surrealismo que sobrevive más como un legado secreto de las vanguardias que como un pilar firme de la tradición, como una bofetada contra cierto cultismo exasperante en jóvenes poetas que escriben como ancianos deformados por la solemnidad.

La poesía de Armando Salgado es “un fósforo cortado en soledad” y sus implicaciones políticas son doblemente sustantivas por desmarcarse de lo panfletario. Por ejemplo, su poemario dedica un apartado a la evocación de Cherán, comunidad indígena de Michoacán que el 15 de abril de 2011 se “levantó” en armas contra el crimen organizado pero también contra la corrupción de todos los gobiernos. Salgado se interna en la significación política de Cherán de manera indirecta, a través de una evocación familiar arbórea que carga de significado íntimo la violencia criminal y la despoja del doble crimen del olvido en un tono poético de infancia: “Papá, ¿dónde nacen los alfileres que anidan en los muertos? ¿Quizá en el remolino donde tristeza y polvo truenan balas para llevarse a los que no volveremos a ver?” “Tengo fantasmas en la cara. Son las personas que se fueron y que nunca volverán. No dejo de recordarlos y por eso están en mi cabeza… El tiro en los ojos. La camioneta destrozada. Un padre grabado en el lodo. Cherán. Bosque por brazos, vejiga por carreteras, cáncer por árboles. Las huellas se olvidan fácilmente si la herida del ojo está cerca. El olvido jamás se secará.”
Pero si bien la poesía de Salgado se suma a las respuestas artísticas y desgarradas ante la regionalización de la violencia criminal en México, que como ruleta rusa se deja seguir por las palabras que nunca la detendrán pero que sí la mirarán a los ojos dementes, también su obra es una persecución de poemas de otros que se dejan pintar los labios por una paráfrasis aguerrida, una apropiación que sale adelante gracias a que también es exégesis poética.
Ya en el libro Estancia de ánimas (2013), Salgado perseguía como fantasmas propios a figuras y rastros de tinta, como Rimbaud, Baudelaire, Nerval, Verlaine, Horacio Quiroga, entre otros, o como en el poema “PD / (Antonio Gamoneda deja de escribir”: “El poema. Exhausto de luz, lapidario de voz, canceroso, fósil. Veneno braceado en pulmones, aire enfermo.” En Cofre de pájaro muerto, esta puesta en poesía de lecturas se acompaña con epígrafes que abren el trazo y la gravedad poética de cada apartado, pero que también se da en confesiones como legados orales de cierta literatura infantil y juvenil: “Los libros de Barbara Fiore me gustan./ En voz alta los leo y los regreso al viento/ para que mis hijos puedan escucharlos al nacer.”
Los poemas de Armando Salgado son un guantazo de sílabas negras contra los estigmas generacionales que caen sobre los poetas y los jóvenes y los “perros” de luces metafóricas nacidos en los años ochenta del siglo XX: “Algunos describen esta generación/ y no hacen otra cosa que vernos como perros ciegos./ No conozco los límites del olfato/ pero intuyo que lejos de la calle/ la mierda de los otros canes sigue oliendo/ igual que nuestro excremento.”
